Reclutas

Aguila imperial

1.Recluta

 

El recluta Nathaniel Luger permanecía sentado contra los restos de rococemento de un edificio derruido mientras el fuego láser volaba sobre su cabeza. Podía sentir las vibraciones de los proyectiles de bolter pesado contra su refugio improvisado arrancandole trozos y destrozándolo. A su lado, Al Traner, su amigo de la infancia, se abrazaba a su rifle láser con la mirada perdida. Desde el primer tiroteo pareció desmoronarse; le vino grande todo aquello, no parecía poder asimilar los cambios que habían sufrido sus vidas en tan poco tiempo. Incluso a Luger le venía grande.

En cuestión de meses pasó de ser un operario de fábrica de la colmena Jarón en Iphathia a un recluta de la guardia imperial en mitad de una misión en otro mundo. Había despegado en una nave de transporte elevándose a cientos de metros sobre el suelo, sentido el frío del espacio y las naves estelares, entrenado sin descanso en las bodegas de esas mismas naves, viajado por el Inmaterium hasta llegar a otro planeta…Había visto por primera vez en su vida un cielo azul y sentido tierra bajo sus pies y, por primera vez, había visto a alguien morir ante sus ojos. Eso fue mucho más duro de lo que podría haber imaginado. Tanto, que algunos como su amigo Al no podrían superarlo nunca. Pero el recluta Luger se negaba a morir o a dejarse llevar por el tremendo miedo que todo aquello le producía.

Una explosión seguida de una lluvia de tierra y piedras lo sacó de sus pensamientos. Algo de gran calibre había impactado a varios metros de su posición hiriendo y destrozando a hombres y piedras por igual. Al se agarró con fuerza al brazo de Luger al escuchar los gritos de los heridos por la explosión, y este tuvo que cogerlo del chaleco antifrag y arrastrarlo cuando el sargento dio la orden de avanzar.

No sabía muy bien dónde iban, solo que tenían que asaltar algún tipo de edificio en aquel sector. En realidad no sabía mucho de nada, el hecho de ser un recluta parecía no darle derecho a más información que la justa. Sabía que estaba en un planeta llamado Gajho, seguido de algún número, y que un grupo de colmenas secesionistas habían traicionado al Imperio en un intento de independencia y ahora ellos eran los responsables de liberarlo de los traidores al Emperador.

Luger avanzaba con el grueso de reclutas cubriéndose tras los escombros. Entre hueco y hueco pudo ver el objetivo de la misión: era un edificio alto y macizo castigado por los proyectiles y los ataques de artillería. En realidad era el único que aún permanecía en pie en unos cien metros a la redonda, sea lo que fuere estaba hecho para resistir y estaba logrando su objetivo. El sargento asignado a su escuadrón de reclutas volvió a dar el alto y buscaron nuevamente refugio entre los escombros. Luger empujó a su amigo y este cayó en un hueco entre grandes trozos de rococemento y se quedó tendido en el suelo, temblando. Estaba seguro de que no podría arrastrar a su amigo durante el resto del asalto sin que corriera peligro su  propia vida, pero no podía abandonarlo; hacerlo sería casi como matarlo él mismo.

− ¡Vamos, Al, podemos hacerlo!− Luger intentaba animarlo, hacerlo reaccionar, pero su amigo seguía con la mirada perdida como si estuviese fuera de sí mismo.

− ¡Preparaos para avanzar!… ¡Adelante!−, volvió a bramar la voz del sargento. Luger agarró de nuevo a su amigo y comenzó el avance junto con el resto.

El fuego del enemigo se intensificaba a cada paso, y cada vez caían más hombres durante el avance. El recluta que corría por los escombros delante de Luger cayó cuando un proyectil le alcanzó en la cabeza arrancándole el casco y produciendo una nube de sangre.

−¡Tiradores, agachad la maldita cabeza!− La voz del sargento se escuchaba incluso por encima del tableteo láser y las esporádicas explosiones. Luger seguía tirando de su amigo incluso bajo aquel fuego que se intensificaba cada vez más. En varias ocasiones pensó en dejarlo, en seguir solo hacia delante sin la carga que suponía, pero no podía; era su amigo desde hacía años y no iba a abandonarlo a su suerte fuese cual fuese la situación o el riesgo.

Una vez más recibieron la orden de parar y buscar cobertura. Luger miró al resto de reclutas, todos con una franja blanca en su casco y sin ningún tipo de insignia. A veces pensaba que para los mandos no eran más que carne de cañón; hombres sin habilidades o conocimientos suficientes para la guerra pero que suponían otro rifle más que disparaba contra el enemigo.

Antes de dejar la base de operaciones eran unos cien reclutas entre las dos escuadras de la primera y segunda sección que ahora tomaban parte en el ataque. Luger calculó que quedaban poco más de la mitad de los que comenzaron aquel avance. Los nervios, el arrojo y los ánimos que se veían en los reclutas por participar en su primera misión se habían convertido en miedo. Todos eran jóvenes, con toda la vida por delante, y sin embargo estaban en un lugar donde la muerte los rodeaba esperando el momento para llevárselos.

El edificio estaba cerca, muy cerca, y el recluta Luger podía ver los destellos de láser saliendo por las ventanas y las estelas que dejaban los proyectiles de bolter desde las posiciones de tiro del edificio. El sargento ordenó tomar posiciones y prepararse para abrir fuego a discreción. Al parecer, ellos atraerían el fuego enemigo mientras las escuadras de guardias veteranos realizaban el asalto.

A la orden del sargento, los reclutas comenzaron a disparar sus rifles contra la fachada del edificio. Luger disparaba a las ventanas, de las que veía surgir los destellos rojos sin saber si daba en el blanco o no. Simplemente disparaba, rezando al Emperador que sus disparos fuesen certeros. Al, por su parte, seguía en su mundo, como ido. Lo único que hacía era murmurar abrazado a su rifle sin hacer un solo disparo ni ser capaz siquiera de moverse.

La táctica de distracción funcionó: en cuestión de segundos todo el grueso del fuego enemigo se descargaba contra las posiciones de los reclutas, que intentaban mantener el  ritmo a duras penas. La mayoría disparaba a ciegas desde sus posiciones sin siquiera mirar hacia dónde, pues en aquellos momentos asomarse era ganarse una muerte segura. Tras minutos que parecieron horas, el fuego enemigo bajó de intensidad y se escucharon pequeñas explosiones a lo lejos: parecía que el plan había funcionado y las fuerzas de asalto habían entrado en el edificio llevando el combate al interior.

 Luger se aventuró a asomarse y pudo ver los fogonazos de las explosiones y disparos del interior. Lo estaban logrando. Pronto volverían a la base con su primera misión cumplida y habiendo demostrado que tenían madera para ser guardias imperiales.

Casi una hora permanecieron los reclutas en sus posiciones antes de recibir la noticia del éxito del asalto de voz del sargento, que permanecía atento a cualquier transmisión junto al operario de radio. Los reclutas se felicitaban unos a otros y alzaban vítores y gritos de victoria ante la noticia. El sargento los acalló de forma tajante y dio la orden de avanzar para reunirse con la avanzadilla hacia el edificio recién ocupado.

− ¡Lo hemos conseguido, Al! ¡Lo hemos conseguido!− Luger palmoteaba a su amigo que parecía recomponerse con la noticia.

Los reclutas comenzaban el avance hacia el edificio a paso ligero cuando una serie de silbidos empezó a escucharse por encima del ruido de sus pasos y del traqueteo del equipo. El sargento ordenó el alto y se asomó tras unos escombros para observar con sus magnoculares. Apenas asomó la cabeza comenzaron las explosiones. A Luger le pareció que las bombas impactaban a su espalda. Justo al otro lado de la pared tras la que se cubría todo retumbaba: el suelo, las defensas improvisadas, incluso él mismo. Pero el fuego principal no estaba en su marca, los proyectiles impactaban de lleno contra el edificio recién ocupado arrancándole trozos y derribándolo poco a poco. Hasta ellos solo llegaban proyectiles esporádicos, pero de tal fuerza que hacían volar trozos de rococemento del tamaño de un hombre.

El escuadrón de reclutas permanecía a cubierto mientras ante ellos el edificio se desmoronaba poco a poco por el impacto de los proyectiles explosivos. Se encontraban perdidos. Desde el comienzo del bombardeo hacía cinco minutos no habían recibido orden alguna del sargento. Luger avanzó agachado entre los escombros buscando al oficial. Cuando lo encontró, el cuerpo del sargento estaba tendido en el suelo, sin cabeza. Una de las bombas había hecho volar trozos de rococemento por todas partes y uno lo había decapitado. El recluta buscó frenéticamente al operario de radio; necesitaban órdenes y las necesitaban ya. Lo encontró bajo una gran losa, con medio cuerpo aplastado y con el transmisor inutilizado.

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