Reclutas

Aguila imperial

2 ¡Dispara!

En cuestión de minutos los reclutas se habían visto completamente aislados. El único oficial que tenían había muerto junto con su operador de radio, dejándolos sin mando. El edificio que debían asaltar, donde estaba el grueso de la sección, estaba siendo demolido y la cortina de artillería se dispersaba cada vez más, aproximándose a sus posiciones. Se miraban unos a otros, acongojados, sin saber qué hacer, sin saber qué paso dar.

Un proyectil cayó cerca de sus posiciones produciendo una lluvia de tierra y escombros. Alguien gritó algo, pero antes de recibir contestación un obús impactó de lleno en la línea de reclutas acabando con una docena de ellos. Se escuchó un grito de retirada y comenzaron a alejarse a la carrera sin orden alguno.

Luger seguía arrastrando a su amigo entre los escombros, no sabían hacia dónde se dirigían, simplemente se alejaban del bombardeo al que estaban siendo sometidos. Sin un oficial que mantuviera el orden los reclutas acabaron dispersándose. Corrieron hasta que les ardían los pulmones y no pararon hasta estar seguros de haber puesto una buena porción de terreno entre ellos y su anterior posición. Pararon al fin en un pequeño claro rodeado de escombros. Con Luger y Al eran ocho reclutas en total los que se habían mantenido juntos, y todos estaban exhaustos por la carrera, con el pulso a cien y la adrenalina inundando sus cuerpos.

Los reclutas se miraban unos a otros mientras recuperaban el aliento. Sabían que tenían que hacer algo, tomar alguna decisión, moverse de allí, pero ninguno alcanzaba a decir nada.

Luger miró a cada recluta. Tres de ellos pertenecían a su escuadrón: Aron, un tipo grande con músculos desarrollados y el pecho como un barril, tendría un par de años más que él. El otro era Norris; este era delgado y rubio de nariz aguileña, un chico que antes de la misión se había mostrado bromista y alegre y ahora estaba pálido como un muerto. El tercero era bajo y muy moreno; no recordaba su nombre y no tuvo tiempo de preguntarle: en ese momento, un disparo le voló la cabeza de improviso. Luger empujó a su amigo contra un trozo de pared y se puso a cubierto junto a él. Aron y Norris hicieron lo mismo. Dos de los reclutas restantes retrocedieron, presas del miedo, y el tercero se puso a cubierto junto a los dos amigos.

El intercambio de disparos estalló en segundos. De un lado los reclutas descargaban sus disparos de rifle láser mientras del otro, a unos diez o quince metros, recibían fuego de armas automáticas. Luger disparaba por encima de su protección mientras que el recluta cuyo nombre no recordaba lo hacía por uno de los lados. Al seguía en su mundo, con los ojos abiertos como platos y abrazado a su arma. Delante y a la izquierda estaba Aron descargando ráfagas a las figuras que abrían fuego contra ellos, y a la derecha estaba Norris. Luger no podía verlo, pero veía sus descargas láser saliendo tras unos escombros. Cinco metros detrás estaban los otros dos reclutas que habían retrocedido. No habían hecho ni un solo disparo desde que comenzara la refriega.

–¡Están avanzando!– gritó Luger, mientras descargaba otra ráfaga de láser.

Efectivamente, el enemigo ganaba metros poco a poco. Ellos eran cuatro abriendo fuego mientras que el enemigo parecían ser docenas. El recluta a su lado no respondió a Luger, simplemente caló bayoneta y continuó disparando.

–¡Calad bayonetas! ¡Calad bayonetas!– Aquello le pareció buena idea, pues dentro de poco estarían cara a cara con el enemigo. Luger preparó el arma de Al y después la suya. Justo cuando terminaba de hacerlo, el recluta a su lado cayó con el rostro ensangrentado. Luger maldijo para sus adentros.

Estaban resistiendo, pero poco a poco eran superados: era cuestión de minutos que estuviesen encima de ellos. Luger había vaciado completamente otro cargador cuando Al tiró de él lanzando un grito desgarrador. Se agachó tras los escombros que les hacían de protección y no tuvo que preguntar qué ocurría.

Los reclutas que se habían retirado estaban muertos. Uno de ellos yacía en el suelo con la tapa de los sesos volada por un disparo, y el otro tenía el pecho atravesado por una espada que sujetaba un hombre gigantesco. El hombre tenía la cabeza rapada y un  desagradable símbolo del Caos marcado a cuchillo en la frente, y vestía una guerrera roja sin mangas con trozos de metal cosidos a modo de protección. Se deshizo del cadáver con un movimiento de brazo y este cayó como un muñeco de trapo. Avanzó hacia los amigos con los musculados brazos abiertos en gesto desafiante y con una retorcida y desagradable sonrisa.

Luger gritaba a Al que disparara, mientras él buscaba frenéticamente un cargador para su rifle, pero este no reaccionaba, no se movía. El hombre rapado soltó una carcajada y dejó caer la pistola que llevaba en la mano. Parecía disfrutar con la situación y estar dispuesto a saborearla.

Al se levantó de golpe, gritando, y se lanzó a la carrera con la bayoneta en ristre. Al verlo, el hombre de rojo retrocedió un pie y alzó la espada preparándose para dar un tajo. Estaban a un metro el uno del otro cuando algo atravesó la garganta del adorador del Caos, provocando un torrente de sangre que empapó el rostro de Al. El recluta no cesó la carrera e hincó la bayoneta en el estómago del enemigo, que acabó cayendo al suelo, inerte, con el estómago abierto y el cuello ensangrentado.

-¡Vuelve aquí, Al! ¡Vuelve!-, gritó Luger a su  amigo, que se había quedado de pie junto al cadáver. Al pareció reaccionar y volvió a la cobertura de rococemento junto a Luger. El rostro le había cambiado: ya no tenía la mirada perdida y una sonrisa se dibujaba en sus labios bajo una máscara de sangre sin coagular. Luger sintió un escalofrió y le pasó la manga por la cara.

–Lo he hecho Luger, ¿has visto? ¡Lo he hecho!

– ¡Sí, lo he visto! ¡Ahora dispara a esos cabrones!

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